El zumbido de los servidores era la única música en el búnker. Había silencio entre Liam y Elías, un silencio que no era tenso, sino una paz que se había ganado. El plan estaba en marcha. La cacería había comenzado.
Liam se recostó en su silla, observando a Elías. El chico, con las manos todavía en el teclado, parecía exhausto, pero la satisfacción de un trabajo bien hecho brillaba en sus ojos. Liam sintió un nuevo tipo de respeto por él. Este no era el pandillero insolente ni el chico de buena