La noche era oscura y los pensamientos robaban su tranquilidad en todo momento, así que Amalia cerró sus ojos decidida a poner su mente en blanco e intentar salir de su realidad.
El agua del jacuzzi estaba en el punto perfecto y por fin su cuerpo inició a relajarse, pero no por mucho tiempo, pues empezó a sentir unas manos que se deslizaban por su cuello acariciándolo suave y sutilmente. Luego escuchó esa voz que le susurró.
—Por favor, no abras los ojos.
—¡No puede ser!
Esa voz y ese aroma era