53. Nada que perder
El soplo de la brisa nocturna no lograba refrescar mi rostro. Alrededor no había nada, ni siquiera el zumbido de un insecto. A pesar del silencio, en mi mente reinaba un caos de pensamientos que desestabilizaba cualquier intento de raciocinio. No podía creer que estuviese de rodillas en lo que parecía un solitario campo de sembradíos. Frente a mí se erguía Kedar, en una postura tan prepotente que tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no lanzarme sobre él y golpearlo hasta que mis nudillos