El aire aún conservaba el perfume tenue del incienso que Valery había encendido la noche anterior, pero que ahora ardía solo en la memoria.
Sentada junto a la ventana, envuelta en un silencio denso, sus pensamientos se deslizaban como espectros por los rincones del cuarto.
No había dormido, no podía, ni siquiera lo había intentado.
Desde que tuvo aquella visión, la imagen de cuerpos abandonados en los callejones, con el sello del clan Volkov marcado a fuego en la carne, algo se quebró dentro de