El tictac del reloj marcaba las 7:30 p. m., y el interior de la tienda estaba envuelto en una quietud casi sagrada, como si un antiguo ritual estuviese a punto de romperse con solo una exhalación.
Era el tipo de silencio que precede a una tormenta, el que vibra en los huesos antes de que el trueno se manifieste, la tienda, con sus estanterías de madera noble y vitrinas llenas de antigüedades.
Valery recorría el mostrador con pasos lentos y calculados, apagando luces y asegurando cada rincón como