—Creo que te he visto demasiado estos días, Smith. ¿Ya firmaste tu sentencia de muerte o vienes a que te tire otro café?
—Nos vamos a casar, Zamira, así que más te vale empezar a acostumbrarte a mi cara —soltó el muy bastardo mientras se acomodaba en mi oficina como si fuera el dueño del edificio.
—Va a ser un puto calvario, Smith, te lo aseguro —le respondí, fulminándolo con la mirada.
Él no se inmutó. Al contrario, sacó una carpeta y se levantó para dirigirse al sofá de piel que tengo en la es