Se quedó ahí parado un segundo más, con la mandíbula tan apretada que pensé que se le romperían los dientes. Podía ver cómo su orgullo libraba una guerra a muerte contra su desesperación en medio de aquel estúpido restaurante lleno de gente estirada que ya empezaba a murmurar.
Entonces, pasó.
Se arrodilló. Escuché el golpe seco de sus rodillas contra el suelo y, por un instante, me sentí como la maldita reina del universo. Se veía furioso, humillado, con las mejillas encendidas bajo esas pecas