Se quedó ahí parado un segundo más, con la mandíbula tan apretada que pensé que se le romperían los dientes. Podía ver cómo su orgullo libraba una guerra a muerte contra su desesperación en medio de aquel estúpido restaurante lleno de gente estirada que ya empezaba a murmurar.Entonces, pasó.Se arrodilló. Escuché el golpe seco de sus rodillas contra el suelo y, por un instante, me sentí como la maldita reina del universo. Se veía furioso, humillado, con las mejillas encendidas bajo esas pecas que tanto me gustaban. Era la imagen viva de la derrota y, joder, me encantaba.—Lo siento —soltó entre dientes, sin mirarme a los ojos.—¿Por qué te disculpas exactamente, Smith? —me burlé, cruzándome de brazos—. Sé específico.Él soltó un suspiro largo, de esos que te vacían los pulmones, y finalmente levantó la vista. Por un puto segundo, la máscara de tipo duro desapareció y vi un destello de algo que se parecía peligrosamente a la sinceridad.—Lamento haberte roto el corazón, Zamira —dijo,
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