El pasillo de la iglesia se sentía como el corredor de la muerte, solo que decorado con flores que costaban más que el sueldo anual de mi asistente y lleno de víboras vestidas de gala. Caminar sola, sin el brazo de mi padre para sostenerme, era el recordatorio final de que estaba jodidamente sola en esta guerra.
Sentía las miradas de los invitados de Cristian perforándome el velo. Eran susurros apenas audibles: “Esa no es la novia”, “Pobre de la prometida original”. Me daban ganas de darme la vu