Nicol
El restaurante L’Étoile destilaba el aroma rancio de la vieja aristocracia: cubiertos de plata pulida, manteles de hilo y un silencio sepulcral que solo se rompía por el tintineo de las copas de cristal. Samantha Richmond me esperaba en la mesa de la terraza VIP, luciendo un vestido de seda blanca que pretendía evocar una pureza que ella jamás había conocido. Cuando me vio acercarme, sus ojos se iluminaron con una mezcla de codicia