En medio de la bruma que le humedecía los sesos a Isabella, un brillante recuerdo lo iluminó todo con su esplendor.
Durante una cena en casa de sus suegros y aburrida de la charla de Oliver con sus parientes, salió a ver a Matilde, que jugaba en el jardín. La niña, de cinco años, estaba tirada en el pasto, cerca de la pileta.
—¡Matilde! ¡Matilde, hija! —la sacudió, la niña no reaccionaba—. ¡Ayuda!
Una risita le devolvió el alma al cuerpo. Matilde había abierto los ojos y se reía de ella y del e