Algunas personas gozan de la fortuna de disfrutar de un sueño profundo y reparador. Una vez que apoyan la cabeza sobre la almohada y cierran los ojos, ya no vuelven a abrirlos hasta que suena la alarma. Isabella era de esas personas. Tal vez fuera porque, con su hija a salvo en casa, ya nada la perturbaba y, de su propia mano, no cargaba con peso alguno en su conciencia que le quitara el sueño.
A otros, sin embargo, el silencio de la noche sólo vuelve más patente su agitación interna y más fuert