El rostro de Pilar reflejaba una profunda derrota, sus facciones marcadas por el dolor, y sus ojos apagados por una fatiga que iba más allá del agotamiento físico; era el desgaste emocional lo que la consumía.
Parecía que cada pensamiento le pesaba, como si llevara una carga imposible de soportar, mientras Ares, por su parte, la contemplaba en silencio, incapaz de procesar cómo una mujer tan extraordinaria, tan llena de luz y fuerza, podía haber llegado a ese estado por culpa de alguien tan insignificante como Daniel Duarte.
No lograba entenderlo; le resultaba casi inconcebible que aquel hombre pudiera causar semejante sufrimiento en Pilar, y la indignación se mezclaba con una impotencia rabiosa al ver cómo ella se desmoronaba ante sus ojos.
Y es que Ares lo conocía bien, aún mejor que sus hermanos, pues este hombre en verdad tenía la peculiaridad, de poder distinguir las intenciones de las personas con tan solo una mirada.
Cuando nombraron a Daniel Duarte, como CEO de la compañía de