Capítulo Treinta y uno

El beso de Pilar comenzó suave, inocente, cargado de agradecimiento y ternura, sin embargo, las manos de Ares, en su cintura, la fuerza en la que este la atrajo a su fornido pecho, y el pequeño gemido que Pilar libero de puro gusto, hizo que la pasión que Ares llevaba contenida, al fin desbordara.

Ares sabía que debía ir con cautela, darle tiempo a Pilar a que desarrollara sentimientos por él, pero su cuerpo no pasaba por alto que hacía casi tres años, que él no tocaba a ninguna mujer, para ser
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