El camino hacia el norte era frío y áspero. El aire se volvía
más seco con cada legua, y las hojas de los árboles se
tornaban grises, como si el invierno se hubiera anticipado
en esa región olvidada. Alcira cabalgaba en silencio, el
grimorio atado a su cintura como una extensión de su
cuerpo. A su lado, Diemides guiaba su caballo con mirada
atenta, siempre alerta, como si en cualquier sombra pudiera
aparecer un enemigo oculto.
Habían partido del Corazón Dormido con la promesa de