La torre había quedado atrás, pero el sello brillaba aún en la
piel de Alcira como si quemara con la fuerza de un sol
interior. Su tercer poder—luz—era diferente. No estallaba
como el fuego, ni danzaba como el viento. Era constante.
Profundo. Un faro.
Diemides cabalgaba a su lado, aún con el brazo vendado
tras la herida del combate. A pesar del dolor, su mirada no
se apartaba de ella. Desde que habían salido de la torre,
Alcira parecía distinta. Más alta, aunque no lo fuera. Más