El lago del Valle Espejado no era solo agua: era memoria.
Cada ola reflejaba no solo el cielo, sino también fragmentos
de pasado, presente y futuros posibles. Alcira lo sintió
apenas puso un pie en la orilla. Una vibración cálida,
melancólica… y peligrosa.
—Debemos cruzar hasta la isla —dijo ella, observando
cómo la torre cristalina palpitaba como un faro viviente.
Pero el paso no era simple. No había botes. No había
puente. Solo el agua brillante y la certeza de que no debían
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