La tormenta
—¿Cómo que mi hijo no está contigo? —¡Explícamelo ahora mismo! —rugió Matías.
La voz de Matías, cargada de una desesperación violenta, retumbó en las paredes de la sala. Antes de que Elena pudiera reaccionar, él la sujetó por los brazos, sus dedos hundiéndose en su piel con una fuerza que no dejaba lugar a dudas. La presión era insoportable, una muestra física de la pérdida de control del hombre que, en otro tiempo, la había abandonado.
—¡Suéltame, Matías! —¡Me lastimas! —exclamó El