Corazones tras la puerta
Elena entró en su habitación como un animal herido buscando su madriguera. Cerró la puerta con llave y se lanzó sobre la cama, hundiendo el rostro en la almohada para ahogar los gritos de agonía que le desgarraban la garganta. El peso de su cuerpo, que Flor tanto se había encargado de humillar, se sentía como una carga insoportable bajo el peso de su tristeza.
—Soy una tonta... —sollozó, golpeando el colchón con el puño—. ¡Soy una estúpida! ¿Cómo pude creerle? ¿Cómo pu