Emboscada en la sombra
La noche sobre la ciudad se había vuelto pesada, teñida por una densa neblina que bajaba de los cerros y devoraba el asfalto. Julieta Blackwood conducía con las manos firmemente aferradas al volante de su sedán oscuro. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza del agarre. A través del parabrisas, las luces de los postes de energía pasaban como destellos difusos, rítmicos, casi hipnóticos. Las palabras de Elena y la confesión de Leonor seguían resonando en su cabeza como