Leonor miró a ambos, con las lágrimas rodando por las arrugas de su rostro, la vergüenza doblegándola. —Lo hice por el bien de mi nieto, oficial... —Confesó Leonor con un hilo de voz quebrado—. Yo sabía muy bien que Max era el elegido de Alexander, que mi hija sería feliz si el niño crecía con todas las riquezas y el amor de un padre poderoso. ¿Qué podía hacer yo en ese entonces contra el poder de la señora Victoria y la manipulación de Flor? Era una mujer sola contra un imperio. Callé para pro