Flor caminó hacia el perchero, tomó su elegante abrigo de diseñador y su bolso de mano. Mientras se acomodaba la prenda sobre los hombros, giró el cuerpo hacia el umbral de la puerta, clavando sus ojos astutos en la figura del detective, quien no le había quitado la vista de encima en ningún segundo.
—Buenas noches, oficial —dijo Flor, con un tono falsamente cantarín. De pronto, detuvo sus movimientos, como si recordara algo de vital importancia, y clavó una mirada afilada en Carlos—. Ah... una