El veneno de la duda
El restaurante era un santuario de lujo discreto, con luces tenues y el suave tintineo de los cubiertos contra la porcelana. En una mesa apartada, Elena —bajo su impecable disfraz de Andrea— cortaba su carne con una precisión mecánica que delataba sus nervios. Frente a ella, Alexander Blackwood permanecía inmóvil. Su copa de vino tinto estaba intacta y su mirada se perdía en algún punto incierto de la mesa.
—Señor Blackwood —dijo Elena, rompiendo el espeso silencio—, creo q