El contrato de la sangre fría
El silencio en la mansión Blackwood era absoluto, un silencio que pesaba más que el oro que decoraba las molduras de los techos. Elena se sentía como un fantasma recorriendo los pasillos de su propia vida. Siguiendo las órdenes de Alexander, no había ido a la oficina, pero el encierro estaba alimentando una paranoia que le quemaba el pecho.
"¿Dónde estuvo anoche?", se preguntaba una y otra vez. "¿Por qué no puede mirarme a los ojos?".
Buscando algo de consuelo, en