La casa de los Di Lucca se sentía más cálida de lo habitual, como si, al fin, hubieran podido estar tranquilos después de tanto tiempo luchando con una tormenta infernal. Como si el dolor, por unas horas, hubiera decidido darles una tregua.
Gabriele estaba acostado en la mitad de la cama, con los pies descalzos tocando la alfombra. La habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por una lámpara de mesa que proyectaba una luz suave y cálida, como un susurro. Luciano lo observaba desde el bañ