Luciano volvió a la habitación y por un instante pensó en no molestar a Gabriele. Pero cuando entró, ya lo encontró despierto, con una mirada apagada que parecía triste y nostálgica.
—¿Qué hora es? —susurró Gabriele, en voz baja.
Sin decir nada, Luciano se recostó a su lado y, al principio, simplemente pasó su mano por su cabello con una ternura casi reverente. Gabriele cerró los ojos y se dejó envolver por el calor de su cuerpo.
—Son las once y media —dijo Luciano, finalmente.
Hubo una pequeñ