El cielo, teñido de un gris perlado, parecía presagiar la lluvia sobre el norte de Italia, el rugido constante del motor llenaba la cabina, mientras el avión se elevaba atravesando capas de nubes deshilachadas. A través de la pequeña ventana ovalada, Gabriele veía cómo la ciudad debajo se encogía hasta volverse apenas un entramado de contornos diminutos.
Se removió ligeramente en su asiento, intranquilo, tamborileando con los dedos sobre su propio muslo. Luka, a su lado, notó el movimiento y sig