La madrugada era un fantasma de bruma y lluvia cuando Gabriele, con los ojos enrojecidos y el cuerpo tiritante, decidió que no podía quedarse. No en esa casa, no después de todo.
Sin maleta, sin abrigo, sin rumbo fijo más que su propio tormento, escapó.
Sus pasos erráticos lo llevaron a la ciudad dormida, hasta que la imponente imagen del edificio donde vivía Luciano surgió ante él. El vestíbulo, frío y luminoso, parecía un reino al que ya no pertenecía. Aun así, avanzó.
—¿Nombre? —preguntó el