Las horas se habían envejecido sin que Gabriele se diera cuenta. Seguía sentado en la misma banca junto a la piscina, inerte, como una estatua abandonada bajo el cielo oscuro. Sus ojos vacíos fijos en el agua que ya no reflejaba astros brillantes, sino pedazos de sí mismo.
La puerta principal se abrió con un crujido, su madre fue la primera en verlo: descompuesto, perdido y con el alma hecha jirones. Un grito ahogado escapó de sus labios, y en segundos su padre también salió, su expresión endure