La mañana llegó despacio, con un sol pálido que apenas despertaba el día. Gabriele se levantó tarde, todavía sintiendo en el cuerpo el eco de la noche anterior: la voz de Luciano susurrándole cosas que quedaron tatuadas en su piel, esa sensación de estar tan conectado a él que le hacia anhelar tenerlo cerca en ese momento.
Se estiró en la cama vacía, miró el teléfono —sin mensajes nuevos— y, sin pensarlo demasiado, la idea le atravesó la mente como un rayo: Voy a verlo.
No había razones, no habí