A la mañana siguiente Gabriele despertó con el cuerpo ligeramente adolorido, un resquicio de la noche anterior. Se estiró, aun sintiendo el eco de las caricias en su piel, el calor de sus cuerpos entrelazados, la electricidad que había circulado entre ellos en cada beso, en cada roce.
—¿Te gustaría desayunar? —La voz de Luciano lo sacó de su trance.
Luciano estaba ahí, con una bata blanca que caía hermosamente sobre sus hombros. Su presencia era tan sobresaliente y cautivadora. Gabriele lo obse