El llanto del segundo bebé —una niña de una fuerza vocal asombrosa— terminó de rasgar el velo de tensión que envolvía la sala médica. Mis pulmones, que se sentían como si hubieran estado bajo el agua durante horas, finalmente se llenaron de un aire que sabía a victoria y a una fatiga tan profunda que me hacía vibrar los huesos.
La habitación, un santuario de tecnología médica y paredes de cristal esmerilado, estaba bañada ahora por la luz mortecina del final del eclipse. Los monitores, que min