El sonido del motor del auto de Aras perdiéndose a lo lejos dejó tras de sí un silencio denso en el comedor de la mansión. Fatma Hanım permaneció inmóvil en la cabecera, con la espalda tan recta que parecía parte de la arquitectura de la casa. Sus cuñados, Demir y Orhan, intercambiaron una mirada cargada de intención. Sabían que el terreno estaba abonado; la prisa de Aras y su falta de respeto al ritual del domingo habían sido la chispa necesaria.
—Has criado a un león, Fatma —comenzó Orhan