Melani Fernández
Estaba comenzando la semana con la mejor vibra, pero como todo en la vida no puede ser perfecto; debía acostumbrarme. Entré en el ascensor y, antes de que las puertas se cerraran, una mano firme las detuvo. Era Aras.
Se colocó a mi lado, demasiado cerca para el espacio limitado de la cabina, pero manteniendo esa distancia de seguridad que solo los hombres de poder saben proyectar. El silencio era espeso, roto únicamente por el zumbido del motor.
—¿Qué tal tu fin de sem