Melani
Desperté con la sensación de que mi cerebro era un cristal trizado. El silencio de la habitación de hotel era agresivo, interrumpido solo por los ronquidos suaves de Elena en la cama contigua. Me senté con cuidado, sintiendo el peso de la culpa y el regusto amargo del whisky en la garganta, pero lo que realmente me detuvo el corazón fue ver mi ropa de ayer: el traje gris, ahora arrugado y sin la chaqueta, sobre una silla.
Entonces, los recuerdos me golpearon como un choque frontal.