Aras Köksal
Estaba estacionado frente al edificio de Melani en Nişantaşı, con la vista clavada en sus ventanas oscuras. El vacío de ese apartamento me devolvía el eco de mi propio grito: «¡Solo obedece!». Me quemaba. Me sabía a hiel. Había intentado marcar territorio frente a Von Seidl usando las herramientas de un patriarca arcaico, y lo único que había logrado era empujarla fuera de mi alcance.
Saqué el teléfono y marqué a Yusuf. Mi voz salió como un ladrido.
—Ubícala. Ya.
—Señor, la esco