Aras Köksal
El teléfono vibró sobre el escritorio de caoba con una insistencia que rompió la quietud de mi oficina en lo alto de la torre Köksal. Afuera, Estambul se desplegaba como un tapiz de oro y plata bajo la luz del atardecer; el Bósforo, esa herida de agua azul que separa dos mundos, reflejaba el paso lento de los cargueros que alimentaban mi imperio.
Miré el número en la pantalla. Un código de área que no era Viena. Venezuela.
Hice una pausa, dejando que el dispositivo sonara u