El trayecto desde las colinas de Kanlıca hasta el centro de Estambul fue un viaje en silencio, suspendido en la grisácea luz de la mañana. En el asiento trasero del taxi, Melani Fernández contemplaba el paisaje urbano a través de la ventanilla, procesando la incomodidad que le entumecía el cuerpo por haber dormido en un mueble que, aunque caro, era incómodo.
De pronto, un calor sutil le encendió las mejillas. El recuerdo de la noche anterior en el estudio la asaltó sin tregua: la proximidad