El reservado en aquel restaurante de Nişantaşı parecía suspendido en otra época. Lejos del bullicio de las avenidas comerciales y las boutiques de lujo del distrito, el espacio ofrecía una intimidad monárquica: paredes revestidas de madera oscura, luz mortecina que suavizaba las facciones y el aroma profundo del cordero especiado mezclándose con el toque agridulce de las hojas de parra con guindas que descansaban sobre la mesa. Frente a ella, el plato principal, un impecable Hünkar Beğendi, des