La distancia entre sus labios era inexistente. Los ojos de Aras, fijos y cargados de una exigencia posesiva, esperaban una respuesta racional, una confesión o el nombre de la amenaza que obligaba a Melani Fernández a portar un arma en su propia casa.
Pero la mente analítica de Melani, acostumbrada a recalcular rutas comerciales en milisegundos bajo presión, tomó una vía completamente inesperada. Mandó la prudencia a la mierda. El pulso le iba a mil por la advertencia de su padre sobre Andréi V