Aras Köksal
Finalmente, el día llegó. El aeropuerto de Estambul estaba lleno de vida, pero yo caminaba por la terminal como un espectro. Llevaba conmigo solo lo esencial: mis documentos, el reloj de mi abuelo y el vacío en el pecho que se había convertido en mi compañero más fiel.
Firmar un contrato en Europa, era un paréntesis necesario. Miré por la ventanilla cómo las mezquitas y los puentes de Estambul se alejaban bajo el ala del avión. Volvería en una semana, quizá diez días como máximo,