"J… Javier,” tartamudeó Catalina, deseando que el suelo se abriera y la tragara por completo.
Su mirada se desvió hacia el brazo de Alejandro alrededor de su cintura. “Veo que estás…”
Sintiendo la incómoda energía entre ellos, Alejandro carraspeó. “Veo que has conocido a mi mujer.”
Javier se rió incómodamente y asintió, sentado en la silla junto a su mamá y frente a Catalina.
La mirada de Doña se desplazó de Javier a Alejandro y luego a Catalina. “Parece bastante familiar para los Montoya, y eso es… interesante?”
“Interesante” sonaba más a sospechoso.
Sus palabras hicieron que Catalina se sintiera más incómoda de lo que pensaba. ¿Por qué hablaba la mujer de ella como si ni siquiera estuviera allí?
“Abuela, ¿podemos comer ya?” intervino una voz más joven.
Catalina levantó la cabeza y casi jadeó. Sentada junto a Doña Carmen había una niña pequeña. No podría tener más de ocho o nueve años, pero los ojos… esos eran de Alejandro; la misma forma, la misma nitidez, la misma intensidad tranqu