CATALINA
No recuerdo qué edad tenía cuando empecé a soñar con cómo sería el día de mi boda.
Nada extremo ni extravagante.
Solo mi novio, unos pocos amigos y nuestras familias, en un lugar tan íntimo como un jardín.
Durante años alimenté ese sueño, sonreí al pensar en mi padre llevándome al altar con elegancia, y en mi madre susurrando oraciones en mi nombre.
Y ahora… menos de dos décadas después, me voy a casar.
Con toda la glamour, pero no es lo mismo.
Papá y mamá ya no están, no tengo familia