ALEJANDRO
Llamé a Diego el sábado por la mañana.
Catalina había ido a la fundación, la casa estaba en silencio, y me quedé sentado en la sala unos veinte minutos mirando el teléfono antes de marcar.
Contestó al segundo tono.
―Estoy listo ―dije.
No preguntó listo para qué. Ya lo sabía. Llevaba mucho tiempo esperando esta llamada y los dos lo sabíamos.
Vino en menos de una hora.
Sin oficina. No quería la oficina para esto. La oficina era donde yo manejaba las cosas y esto no era algo que manejar,