“¡No lo toques!” La fría voz de Alejandro resonó detrás de Catalina, haciéndola estremecerse, mientras sus manos quedaban suspendidas en el aire.
Cuando él regresó del trabajo, ella ni siquiera podía darse la vuelta. ¿Cómo lo miraría? ¿Qué le diría que estaba buscando?
“¿No lees instrucciones?” Su voz se acercó, haciendo que su corazón latiera más rápido de lo habitual. “¿O acaso piensas que puse el cartel allí solo como decoración?”
Su respiración se entrecortó mientras intentaba mantenerse de pie, a pesar de que sus rodillas empezaban a ceder lentamente. “Y… yo… yo… estaba aburrida… y… y…”
Intentó formar una frase completa, pero terminó tartamudeando, y una vez más deseó que el suelo se abriera y la tragara.
“¿Y qué?” preguntó él, y ella podía sentir su intensa mirada sobre ella. “No creo que hayas leído el documento correctamente, porque si lo hubieras hecho, estoy seguro de que sabrías que entrar en partes restringidas de mi casa tiene sus propias consecuencias.”
Al pronunciar esas