CATALINA
—¡Hijo! —llamó Doña Carmen, saliendo apresurada de la mansión para abrazar a su hijo como si no lo hubiera visto en siglos—. Te he extrañado tanto.
—Buenas noches, madre —respondió él, correspondiendo al abrazo.
Ella le tomó el rostro entre las palmas, mirándolo con suavidad—. No vienes a casa tan seguido como antes; no me gusta.
—Buenas noches, madre —dije, preparándome para otro recibimiento frío.
—Buenas noches, niña —respondió con una pequeña sonrisa y, abriendo los brazos, agregó—