ALEJANDRO
Las luces de la ciudad se deslizaban por el parabrisas en largas estelas de blanco y dorado mientras conducía. El tráfico era ligero, la carretera suave, y el murmullo constante del motor llenaba el espacio entre nosotros. Catalina iba sentada a mi lado con las piernas cruzadas, una mano descansando sin tensión sobre su regazo mientras la otra trazaba líneas distraídas en el cristal.
Estaba tranquila.
No tensa. No a la defensiva. Simplemente estaba allí.
Eso era nuevo.
Hace unas semana