ALEJANDRO
Las luces de la ciudad se deslizaban por el parabrisas en largas estelas de blanco y dorado mientras conducía. El tráfico era ligero, la carretera suave, y el murmullo constante del motor llenaba el espacio entre nosotros. Catalina iba sentada a mi lado con las piernas cruzadas, una mano descansando sin tensión sobre su regazo mientras la otra trazaba líneas distraídas en el cristal.
Estaba tranquila.
No tensa. No a la defensiva. Simplemente estaba allí.
Eso era nuevo.
Hace unas semanas, ese silencio habría resultado pesado, incómodo. Esta noche, se sentía familiar. Cómodo. Ese tipo de quietud que surge cuando las palabras ya no son necesarias para demostrar nada.
Últimamente, habíamos sido así.
Ella reía con más facilidad ahora. Me provocaba sin dudar. Caminaba por la casa como si le perteneciera, dejando libros sobre la mesa, tarareando mientras trabajaba, discutiendo conmigo por las cosas más pequeñas solo para dejar claro su punto.
A veces, me descubría escuchando su voz