ALEJANDRO
Corté la llamada con Diego y me giré, encontrándome con papá en la escalera.
—Tómalo con calma, hijo.
—Padre… ¿cuántas otras atrocidades ha cometido ella que desconocemos? —negué con la cabeza, colocando la palma en la frente.
—Ya llamaste a Diego, ¿verdad? —preguntó y asentí—. Entonces deja que haga su trabajo.
Mi teléfono sonó, un sonido agudo que me interrumpió. Miré el identificador de llamadas y dejé escapar un suspiro.
—¿Quién? —la voz de papá me sacó de mis pensamientos.
—Catal