—Página ciento veintiocho del testamento—
anunció el abogado de mi abuelo, un hombre de unos cincuenta años cuya presencia había sido constante en los asuntos de la familia.
Yo estaba sentada junto a Daylon; a mi otro lado, Stela permanecía rígida, atenta a cada mínimo gesto de mi abuelo.
El estudio nos envolvía con su silencio denso. Aquella habitación, más biblioteca olvidada que sala viva, parecía cargada de secretos. Frente a nosotros, mi abuelo observaba en silencio, en su traje negro