El silencio en el auto era tan denso que podía cortarse con un cuchillo. Daylon apretaba el volante con tanta fuerza que pensé que en cualquier momento lo iba a arrancar. Después de 45 minutos de viaje, su expresión seguía igual de sombría, como si aquella llamada le hubiera volado los pensamientos.
Aparcó en el estacionamiento con un giro brusco, respiró hondo y salió del auto. Rodeó el vehículo con pasos firmes y abrió mi puerta.
—Gracias —murmuré mientras bajaba.
Mia también salió y le dedic